I. Ventajas del sufrimiento
El pecado habrá de expiarse en esta vida o en la otra, y esta es ley de la justicia divina, de la que nadie puede librarse. Luego, ya que tantas veces ofendimos a Dios, debemos alegrarnos cuando el Señor nos castiga en este mundo, donde son los castigos menos rigurosos que en el otro.
El sufrimiento, además, nos cura espiritualmente. Según San Agustín, las pruebas son saludables remedios que el Señor, médico divino, aplica a nuestras llagas; nos cura el orgullo con la humillación; la vanidad, con el sonrojo; la sensualidad y el amor a la vida cómoda y regalada, con las enfermedades; el apego a los bienes terrenos, con los reveses de fortuna, pobreza y privaciones. La adversidad es el crisol que nos purifica, fortalece, desprende de la tierra y de nosotros mismos, nos une a Cristo crucificado y, por consiguiente, nos hace más agradables a los ojos de Dios.
Y ¡cuántos méritos se adquieren soportando con resignación las enfermedades, las contradicciones y las contrariedades que la voluntad del Señor nos depara!
¡Oh Dios mío! ¡Cuanto más amas a un alma, menos la dejas descansar en los vanos goces y en los efímeros placeres de la vida! Concédeme, por tanto, la gracia de huir cuidadosamente de esa excesiva delicadeza, que nada quiere sufrir y que se entristece y se impacienta por todo. Infúndeme sentimientos más generosos que me hagan abrazar sin quejas las cruces, por grandes que sean, puesto que ellas ayudarán a establecer en mí tu reinado sobre las ruinas del orgullo y del amor propio.
II. Medios para aprovechar de las pruebas
Estos medios consisten en la oración bajo todas sus formas; pero también en la meditación frecuente de los motivos que tenemos para sufrir con paciencia. El pensamiento del infierno ayudó mucho a los santos a soportar las pruebas a que se vieron sometidos. Sólo haber merecido alguna vez los tormentos eternos es lo suficiente para creernos sin derecho a quejarnos.
Con la presente tribulación evitamos los tormentos del infierno, y nos hacemos merecedores de gloria y delicias sin fin, en un reino en donde todos los súbditos son hijos adoptivos de Dios y tratados como reyes. Por esto San Juan Crisóstomo estimaba más la gracia de sufrir con paciencia que el don de hacer milagros, pues el que obra prodigios contrae una deuda con el Señor, mientras el que sufre resignadamente se hace acreedor al premio magnífico que Dios ha prometido.
Además, ¿Quién dudaría en abrazarse valientemente con la cruz, viendo como Jesucristo, víctima inocente, Dios de los cielos y de la tierra, muere clavado en la suya sobre el Calvario?
Y, sin embargo, desgraciadamente, solemos impacientarnos, entristecernos y murmurar ante una ligera dificultad. En vez de dirigir la mirada a Jesús crucificado, de invocar a la Virgen de los Dolores, nos dejamos vencer por la tristeza y el abatimiento, a veces por causas fútiles, como una aridez, una falta de consideración, un fastidio cualquiera o una esquivez sin trascendencia. ¡Qué poco generoso es nuestro corazón, que así corresponde al amor divino!
¡Oh Jesús, oh María, modelos de resignación en el dolor! Os ruego me infundáis valor: 1º, para soportar desde ahora en silencio las fatigas del trabajo, las privaciones de la pobreza y las brusquedades y defectos del prójimo; 2º, para no atribuir mi poca paciencia al mal carácter de los demás ni a las circunstancias difíciles de la vida, sino a mi falta de humildad, de abnegación y de sumisión.
Fuente: L. B. c.ss.r., Manual de Meditaciones
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