Google+ Followers

Google+ Followers

Google+ Followers

jueves, 17 de marzo de 2016

Confesión sin confesión...

Si sólo fuera posible evitar lo que se ha convertido en un continuo comentar los dichos y hechos del papa Francisco. Pero uno no ignora las declaraciones públicas de un Papa, especialmente desde la perspectiva de Fátima. Y en el punto actual del pontificado Bergogliano, el panorama de la Iglesia está cubierto de cráteres por las bombas que Francisco ha estado tirando casi semanalmente en las homilías, meditaciones, conferencias de prensa y otros escenarios, improvisadas por fuera de las cuatro esquinas de una encíclica u otro pronunciamiento papal formal. 
Aquí hay una bomba de febrero, del Miércoles de Ceniza. Fue arrojada en un sermón dado a los “Misioneros de la Misericordia” durante la misa en la que recibieron su “mandato”, el que incluye “facultades para absolver ciertos pecados reservados a la Santa Sede” (de los cuales todos pueden ser absueltos por cualquier sacerdote parroquial). Les dijeron a los Misioneros — increíblemente, aunque a esta altura no sorprende — que deben ofrecer la absolución incluso a los penitentes que están demasiado avergonzados como para hablar y no han expresado ningún propósito firme de enmienda porque pretenden volver a pecar:
“Si alguien viene a confesarse es porque siente que hay algo que debería quitarse pero que tal vez no logra decirlo, pero tú comprendes… y está bien, lo dice así, con el gesto de venir. Primera condición. Segunda, estar arrepentido. Si alguien viene a ti es porque querría no caer en estas situaciones, pero no se atreve a decirlo, tiene miedo de decirlo y después no puedo hacerlo. Pero si no puede hacerlo, ad impossibilia nemo tenetur [a nadie se le pide lo imposible].  Y el Señor entiende estas cosas, el lenguaje de los gestos. Los brazos abiertos, para entender lo que está en el corazón que no puede ser dicho o dicho así… un poco es la vergüenza… me entendéis. Vosotros recibís a todos con el lenguaje con el que pueden hablar.”
Sin dejar lugar a dudas sobre sus intenciones al respecto, Francisco dijo lo mismo el día anterior (9 de febrero) a un grupo de Capuchinos, sugiriendo por lo tanto, que desea que cada sacerdote de la Iglesia otorgue la absolución a los penitentes mudos:
“Hay muchos lenguajes en la vida, el lenguaje de la palabra, pero también el lenguaje de los gestos. Si una persona se acerca al confesionario es porque siente algo que le pesa, que quiere quitarse. Quizás no sabe cómo decirlo, pero el gesto es este. Si esta persona se acerca es porque quiere cambiar, y lo dice con el gesto de acercarse. No es necesario hacer preguntas: ¿tú?, ¿tú?…?”
“Y si una persona viene [a confesarse] es porque en su alma quisiera no hacerlo más. Pero muchas veces no pueden, porque están condicionados por su psicología, por su vida y su situación… Ad impossibilia nemo tenetur.”
En primer lugar, este consejo totalmente erróneo equivale a destruir el sacramento porque elimina la confesión de la Confesión, eliminando la misma esencia del sacramento y dejando solamente la forma. No es necesario citar las enseñanzas de la Iglesia sobre un punto tan obvio, pero uno podría citar simplemente el nuevo Catecismo (§ 1456), que inequívocamente afirma:
“La confesión de los pecados hecha al sacerdote constituye una parte esencial del sacramento de la Penitencia: “En la confesión, los penitentes deben enumerar todos los pecados mortales de que tienen conciencia tras haberse examinado seriamente, incluso si estos pecados son muy secretos…’
(NOTA: no hablamos aquí de una emergencia en la que no hay tiempo para una confesión normal, como por ejemplo cuando un avión está a punto de estrellarse o una persona que está a punto de morir no puede hablar pero puede dar una clara señal de contrición, en cuyo caso la absolución sin la enumeración los pecados sería permisible. Cf. Canon 961.)
En segundo lugar, en cuanto a la noción que la “vergüenza” excusa del deber de contar los pecados mortales en confesión, tal vergüenza nace del orgullo: el penitente no desea ser humillado por revelar al sacerdote sus pecados graves. Es increíblemente sorprendente que un Romano Pontífice — incluso este — pueda declarar que un pecador afligido por el orgullo, que no puede ni siquiera hablar de sus pecados al propio confesor, puede recibir la absolución mientras evita orgullosamente ser humillado.
Finalmente, igualmente destructor del sacramento, e igualmente sorprendente, es la idea de Francisco que pedirle a un pecador que exprese un firme propósito de enmienda cuando duda de poder enmendar su vida es pedirle lo imposible porque “su psicología….su vida…su situación” le hacen imposible el dejar de pecar. ¿Quién no estaría cubierto con esta excusa para pecar, y qué pasa con el requisito del firme propósito de enmienda sin el cual la absolución es inválida? Aparentemente, Francisco piensa que puede dispensarse, si bien ni él ni ningún otro confesor tienen el poder para hacerlo.
Como enseña San Alfonso, Doctor de la Iglesia, un firme propósito de enmienda “es compañero inseparable de la verdadera contrición” y “condición necesaria para el perdón del pecado… Es imposible para Dios perdonar al pecador que mantiene la voluntad de ofenderlo... ¿Quién puede dudar que la confesión de este hombre es  una burla a la penitencia? ¿Quién puede creer que esta absolución ha tenido algún valor?
Quizás estoy siendo desconfiado por demás, pero me parece que este increíble llamado a otorgar la absolución a pecadores mudos que no están dispuestos, o no pueden comprometerse, a enmendar su vida es otro paso hacia el objetivo final de admitir adúlteros públicos en segundas o terceras “nupcias” a la Sagrada Comunión. Las personas viviendo en adulterio solo necesitan insistir al confesor que siga los consejos de Francisco y que no les hagan ninguna pregunta sobre sus pecados porque están “muy avergonzados” para hablar de ellos y encuentran “imposible” dejar de cometerlos por “su psicología… su vida… su situación.” Muchos sacerdotes harán simplemente eso — y muchos han hecho eso durante décadas,  pero sin el beneficio del guiño y el asentimiento papal.  La burla del Sacramento de la Confesión resultante conducirá a quién sabe cuántas absoluciones inválidas.
La mente católica está más que abrumada por la continua debacle de este pontificado. Ciertamente indica que la dramática resolución de nuestra situación está próxima. ¡Que Nuestra Señora de Fátima nos proteja de las tormentas que se avecinan!
Christopher A. Ferrara
Fuente Blog Adelantelafe.