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lunes, 30 de agosto de 2010

Vision del Gran Purgatorio.




Para todos mis amigos de este cenáculo virtual que espontáneamente se ha creado para orar por nuestros queridos hermanos difuntos. El texto de esta semana es la visión del Gran Purgatorio. Los Santos y aquellos que gozaron del carisma de tener visitas de las almas del Purgatorio hablan de tres estadios en el Purgatorio. Uno, el más profundo, el más doloroso, es el que nos refiere la visión que ofrece el texto. Todos deberemos pasar, ordinariamente por este estado, sea un instante o sea largos años -recordemos que el tiempo en el Purgatorio es distinto al nuestros, es el llamado evo o eviternidad- Esto nos debe llenar de amorosa compasión por nuestros hermanos difuntos, no dejemos de ofrecer la misericordia de nuestra oración. Podríamos utilizar como jaculatoria por ellos ese texto sagrado del salmo que se canta en el gran Purgatorio: Mi alma tiene sed del Dios vivo ¿cuándo llegaré a ver el Rostro de Dios?
Por Reverendo Pater Fray marcos Antonio Foschiatti.


Cuando acaba de acostarme y estaba rezando algunas oraciones por las Almas del Purgatorio, mi Ángel se mostró a mí y me dijo muy serio:

“¡Mira hijo mío y reza mucho…!”

Vi con los ojos del alma un fuego espantoso, sin límites ni forma, que ardía sin cambiar jamás, en un silencio agobiante. No hacía ningún ruido, no tenía el menor estallido: ese fuego parecía Visión del Gran Purgatorio:

estar inmóvil, siempre con la misma intensidad, y de una violencia sin par. Todo mi cuerpo sentía las quemaduras de este fuego, y una sed terrible me resecaba la lengua. Esto me aterro. Mi miedo aumentó cuando vi en medio de este fuego miles y miles de pobres almas apretujadas unas contra otras, pero no teniendo entre ellas ninguna comunicación sino es este fuego mismo. Parecían oprimidas, y si se puede decir aplastadas por este mismo fuego en las cuales estaban. Al mismo tiempo tuve conocimiento de varias cosas. Lo que contemplaba era el Gran Purgatorio, que es, si lo he entendido bien, igual al infierno excepto en la duración de las penas y el odio hacia Dios y a las demás almas; tampoco hay allí desesperación. Este estado tan aterrador no se puede explicar, yo lo he percibido así.
Las almas de este gran Purgatorio, están sumergidas en la esperanza árida y seca, como si estuvieran atadas y encerradas en este fuego del Amor Divino por una gran soledad, en la total disponibilidad a la Pura Voluntad Divina, en un doloroso pero sereno cara a cara con la Santidad de Dios.
Me pareció que todas estas almas miraban hacia Dios pero de forma confusa, es decir, sin percibirle de manera precisa, sencillamente vueltas hacia Dios de modo muy doloroso. Si no me equivoco, vi que en este estado están más purificadas que consoladas, más quemadas que alumbradas. Es un estado terrible.
Pude entender que lo más importante para las almas en ese estado es ese largo trabajo de destrucción permanente de la corteza de las heridas que ha dejado el pecado en ellas. La dureza y los callos del alma que la afean a los ojos de la Santidad de Dios. Es una purificación pasiva, aunque el alma coopera con todas sus fuerzas en la unión perfecta de todo su ser, con todos sus deseos, con toda su voluntad a la Voluntad de Dios. Pero en este estado el alma no puede medir sus purificaciones ni percibir el trabajo progresivo de esta purificación que ocurre en ella gracias al Amor Divino. Está el alma sumergida como en un misterio de profunda soledad; pero a pesar de todo, sabe que no está abandonada de Dios ni por la Iglesia; sus conocimientos son , no obstante, tan poco precisos y tan generales que siente cruelmente ese estado, y no encuentra otro consuelo que esa esperanza tan árida, porque sus potencias están misteriosamente atadas en sus ejercicios, e incapaces de otra cosa que una ciega sumisión a las exigencias de la Santidad de Dios.
Este estado del Gran Purgatorio es muy doloroso, pero hay allí algunos consuelos. El primero y más importante es el que constituye la misma esperanza de las almas: sencillamente el sentirse salvadas, con una certeza total y pacificadora, fuente de consolación, de paz, de gozo, de agradecimiento hacia Dios y de deseo de su glorificación. Hay en ese fuego luces lejanas, y ecos sordos de lo que es la alegría del Cielo y la oración de la Iglesia por las Almas del Purgatorio.
Mientras contemplaba este misterio, rezaba con fervor por estas almas que sufrían, y suplicaba a mi Ángel de la Guarda que se uniera a mí. ¿Cómo era posible soportar tales sufrimientos y tormentos? El Ángel me sujetaba el brazo con firmeza, seguramente para ayudarme a entender que me ayuda y asiste, y que me comunica de parte de Dios la gracia de contemplar estas realidades sobrenaturales. Pero no sé cómo puedo, en ciertas ocasiones, percibir sus gestos, y recibir sus gracias de orden espiritual que tienen una forma de expresión concreta. Él mismo me dijo entonces con mucha seriedad:

Sabes que la menor falta es una ofensa infinita hacia Dios. Estas benditas almas lo saben también, y no dejan, en medio de sus sufrimientos de agradecer al Todopoderoso lo ligero de sus penas.
Ya que la pena es finita cuando la ofensa es infinita, y que muchas veces ha habido más que una ofensa, muchas ofensas infinitas.
Hay en el Gran Purgatorio almas de grandes pecadores, pero hay allí muchas más almas que recibieron muchas gracias y no correspondieron a ellas, almas que tuvieron que asumir pesadas responsabilidades y no supieron asumirlas con toda la perfección y entrega de la caridad. Por eso verás en el Gran Purgatorio un gran número de almas consagradas y de sacerdotes… Todas estas almas deben soportar junto con criminales, libertinos y todos los grandes pecadores, salvados por la Misericordia divina, que pudieron –a veces en el último momento- escapar del abismo eterno…¡Reza, reza mucho y haz rezar especialmente por estas almas!!

Cuando terminó esta enseñanza, el misterio del Gran Purgatorio se cerró, mientras unas voces cantaban, con un tono de gran tristeza:
“Mi alma tiene sed del Dios vivo…¿Cuándo llegaré a ver el Rostro de Dios? (Salmo 42)

Entonces todo desapareció de mi vista interior. Me di cuenta de que durante esa visión, mi piel había enrojecido, y me quemaba como si me hubiera expuesto demasiado al sol, mis labios y mis manos agrietados me dolían. Deo Gratias!! El Señor permite a veces algún signo exterior muy secundario para disipar las dudas que puedo tener. Si estos signos resultan molestos o dolorosos algunas veces, no son más que una pequeña ofrenda a favor de estas benditas almas del Purgatorio: su valor a lo mejor no consiste más que en eso. (Continuará…)