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miércoles, 4 de noviembre de 2015

Breve tratado sobre los tipos de pecado.


Los pecados en general

La teología moral trata de los actos humanos en orden al fin último sobrenatural. Para ello es menester que se ajusten a las normas de la moralidad: la remota, que es la ley, y la próxima, que es la propia conciencia. Cuando no se ajustan a esas normas, sobreviene el pecado. He ahí el nuevo tema que nos sale al paso y con el que se completa el panorama de la moral fundamental.
El camino que vamos a recorrer es el siguiente :
  1.Naturaleza del pecado.
  2.El pecado mortal y el venial.
I.El pecado en general3.Distinción específica de los pecados.
  4.Distinción numérica.
  5.Causas del pecado.
  6..El peligro de pecado.
    
  1.Los pecados internos.
II.Algunos pecados especiales.2.Los pecados capitales.
  3.Los pecados que claman al cielo.
  4.Los pecados contra el Espíritu Santo.

CAPITULO I
El pecado en general
Subdividimos la materia en los seis artículos indicados en el croquis anterior.

ARTICULO I
Naturaleza del pecado
225. 1Noción. El pecado, en general, puede definirse con San Agustín: una palabra, obra o deseo contra la ley eterna. O, como dicen otros, una transgresión voluntaria de la ley de Dios. Si la transgresión afecta a una ley grave, se produce el pecado mortal; si a una leve, el pecado venial.
No es lo mismo pecado que vicio. El vicio es un hábito pecaminoso; el pecado es siempre un acto malo, o la omisión culpable de un acto bueno obligatorio. El vicio se adquiere con la repetición de actos pecaminosos.
2262. Esencia del pecado. Prescindiendo de la vieja controversia escolástica sobre si el pecado consiste formalmente en algo positivo o privativo, todos los teólogos están de acuerdo en señalar los dos elementos que entran en su constitutivo interno y esencial: la conversión a las criaturas, como elemento material, y la aversión o alejamiento de Dios, como elemento formal.
a) LA CONVERSIÓN A LAS CRIATURAS. En todo pecado, en efecto, hay un goce ilícito de un ser creado, contra la ley o el mandato de Dios. Es precisamente lo que busca e intenta el pecador al pecar (a excepción de los pecados satánicos, en los que se busca en primer lugar la ofensa de Dios). Alucinado el pecador por aquella momentánea felicidad que le ofrece el pecado, se lanza ciegamente hacia él, tomándolo como un verdadero bien, o sea, como algo conveniente para sí. No advierte que se trata tan sólo de un bien aparente, no real, que dejará en su alma, apenas gustado, la amargura del remordimiento y de la decepción.
b) LA AVERSIÓN O ALEJAMIENTO DE Dios. Es el elemento formal, que constituye la quintaesencia del pecado. No se da, propiamente hablando, más que en el pecado mortal, que es el único que realiza en toda su integridad la noción misma de pecado. El pecador se da cuenta de que, con su acción gravemente prohibida, se aleja o separa de Dios, y, a pesar de eso, realiza voluntariamente esa acción. Para incurrir en este elemento formal del pecado no hace falta tener intención de ofender a Dios (eso sería monstruoso y verdaderamente satánico); basta con que el pecador advierta claramente que aquella acción es incompatible con la amistad divina y, a pesar de ello, la realice voluntariamente, aunque sea con pena y disgusto de ofender a Dios.
En todo pecado hay, pues, una verdadera ofensa a Dios, explícita o implícita. La Iglesia ha rechazado el llamado «pecado filosófico», que consistiría en un acto humano en desacuerdo con la naturaleza racional y con la recta razón, que no sería, sin embargo, ofensivo a Dios por haberlo cometido una persona que no conoce a Dios o no piensa actualmente en El (D I29o). Todo verdadero desorden moral es un pecado que ofende a Dios por múltiples capítulos :
  1. COMO SUPREMO LEGISLADOR, que tiene derecho a imponernos el recto orden de la razón mediante su divina ley, que el pecador quebranta voluntariamente y a sabiendas.
  2. Como ÚLTIMO FIN DEL HOMBRE, porque el que comete un pecado se adhiere a una criatura, en la que constituye su último fin al preferirla y anteponerla al mismo Dios.
  3. COMO BIEN SUMO E INFINITO, porque el pecador prefiere un bien creado, deleznable y perecedero, a la posesión eterna del Bien infinito, que es incompatible con aquél.
  4. Como SUPREMO GOBERNADOR, al tratar de substraerse a su supremo dominio. Aunque en vano, porque, en el momento en que el pecador se sale de la esfera del dominio amoroso de Dios, incide fatalmente en la de su justicia inexorable. Somos prisioneros de Dios y no podemos substraernos a su supremo dominio: por las buenas o por las malas.
  5. COMO SUPREMO BIENHECHOR, despreciando sus dones y prefiriendo las cosas creadas. El pecado es una monstruosa ingratitud para con Dios.
  6. Como SUPREMO JUEZ, no temiendo su castigo a pesar de saber que no podemos escaparnos de él.
2273. Psicología del pecado. Por las nociones que acabamos de dar, ya se comprende que la raíz del pecado, o sea, lo que le hace psicológicamente posible, es la defectibilidad de la razón humana, en virtud de la cual el hombre puede incurrir en la gran equivocación de confundir el bien aparente con el real y en la increíble insensatez de preferir un bien caduco y deleznable (el placer que proporciona el pecado) a la posesión eterna del Bien infinito.
Todo pecado, efectivamente, supone un gran error en el entendimiento, sin el cual sería psicológicamente imposible. Como ya dijimos al hablar del último fin del hombre y de los actos humanos, el objeto propio de la voluntad es el bien, como el de los ojos el color y el de los oídos el sonido. Es psicológicamente imposible que la voluntad se lance a la posesión de un objeto si el entendimiento no se lo presenta como un bien. Si se lo presentara como un mal, la voluntad lo rechazaría en el acto y sin vacilación alguna. Pero ocurre que el entendimiento, al contemplar un objeto creado, puede confundirse fácilmente en la recta apreciación de su valor al descubrir en él ciertos aspectos halagadores para alguna de las partes del compuesto humano (v.gr., para el cuerpo), a pesar de que, por otro lado, ve que presenta también aspectos rechazables desde otro punto de vista (v.gr., el de la moralidad). El entendimiento vacila entre ambos extremos y no sabe a qué carta quedarse. Si acierta a prescindir del griterío de las pasiones, que quieren a todo trance inclinar la balanza a su favor, el entendimiento juzgará rectamente que es mil veces preferible el orden moral que el halago y satisfacción de las pasiones, y presentará el objeto a la voluntad como algo malo o disconveniente, y la voluntad lo rechazará con energía y prontitud. Pero si, ofuscado y entenebrecido por el ímpetu de las pasiones, el entendimiento deja de fijarse en aquellas razones de disconveniencia y se fija cada vez con más ahinco en los aspectos halagadores para la pasión, llegará un momento en que prevalecerá en él la apreciación errónea y equivocada de que, después de todo, es preferible en las actuales circunstancias aceptar aquel objeto que se presenta tan seductor, y, cerrando los ojos al aspecto moral, presentará a la voluntad aquel objeto pecaminoso como un verdadero bien,es decir, como algo digno de ser apetecido; y la voluntad se lanzará ciegamente a él dando su consentimiento, que consumará definitivamente el pecado. El entendimiento, ofuscado por las pasiones, ha incurrido en el fatal error de confundir un bien aparente con un bien real, y la voluntad lo ha elegido libremente en virtud de aquella gran equivocación.
Precisamente esta psicología del pecado, a base de la defectibilidad del entendimiento humano ante los bienes creados, es la razón profunda de la impecabilidad intrínseca de los bienaventurados en el cielo. Al contemplar cara a cara la divina esencia como Verdad infinita y al poseerla plenamente como supremo e infinito Bien, el entendimiento quedará plenamente anegado en el océano de la Verdad y no le quedará ningún resquicio por donde pueda infiltrarse el más pequeño error. Y la voluntad, a su vez, quedará totalmente sumergida en el goce beatífico del supremo Bien y le será psicológicamente imposible desear algún otro bien complementario. En estay condiciones, el pecado será psicológica y metafísicamente imposible, corno lo sería también en este mundo si pudiéramos ver con toda claridad y serenidad de juicio la infinita distancia que hay entre el Bien absoluto y los bienes relativos. El pecado supone siempre una gran ignorancia y un gran error inicial, ya que es el colmo de la ignorancia y del error conmutar el Bien infinito por el goce fugaz y transitorio de un bien perecedero y caduco corno el que ofrece el pecado.
228. 4. Condiciones que requiere. Tres son las condiciones indispensables que requiere todo pecado:
  1. MATERIA PROHIBIDA (grave o levemente), o, al menos, estimada como tal en la conciencia del pecador.
  2. ADVERTENCIA del entendimiento a la malicia de la acción.
  3. CONSENTIMIENTO o aceptación por parte de la voluntad.
La medida y grado en que se combinen estos elementos dará origen a un pecado grave o leve. Volveremos ampliamente sobre esto al hablar del pecado mortal y del venial.
229. 5. División. He aquí las principales clases de pecados que se pueden cometer:

ARTICULO II
El pecado mortal y el venial
Como ya hemos insinuado, entre el pecado mortal y el venial existe una diferencia objetiva esencial. En el primero hay verdadera aversión o alejamiento de Dios; en el segundo, sólo una ligera desviación del recto camino que conduce a El. Vamos a estudiarlos por separado.
A) El pecado mortal
2301. Noción. El pecado mortal es la transgresión voluntaria de lla ley de Dios en materia grave. Supone siempre la voluntaria aversión o alejamiento de Dios como fin último por la conversión total a las criaturas, desorden monstruoso, que lleva consigo un reato de pena eterna. El pecado mortal es el infierno en potencia.
Es evidente que el pecador se aparta voluntariamente de Dios al cometer un pecado mortal, aun cuando proteste interiormente que no quiere ni intenta ofender a Dios con aquella acción. Porque sabe muy bien que, independientemente de sus apreciaciones o deseos subjetivos, el orden objetivo de la moralidad establecido por Dios prohibe gravemente aquella acción, y, a sabiendas de todo ello, la realiza a pesar de todo. Esto supone, naturalmente, el alejamiento de Dios como último fin; porque, desde el momento en que el pecador prefiere y elige el placer prohibido que le proporciona el pecado a sabiendas de que es incompatible con su último fin sobrenatural, muestra con toda claridad que con mayor motivo se entregaría a ese pecado si pudiera gozar eternamente el placer momentáneo que le ofrece. Si por un instante de dicha, fugaz y pasajero, acepta la posibilidad de quedarse sin su fin sobrenatural eterno, ¡cuánto más se lanzaría a cometer ese pecado si pudiera permanecer impunemente en él durante toda la eternidad! En este sentido dice profundísimamente Santo Tomás que el pecador, al separarse de Dios, peca en su eternidad subjetiva'. Y es muy justo que, si el pecador ha ofendido a Dios en su eternidad, le castigue Dios en la suya, como dice San Agustín.
231. 2. Malicia. Por la noción que acabamos de dar, ya se comprende que el pecado mortal es el mayor de todos los males posibles, el único verdadero mal que puede caer sobre el hombre. Porque:
a) CON RELACIÓN A Dios, supone una gravísima injusticia contra su supremo dominio, al substraerse con temeraria desobediencia de su divinaley y al substituir con idoldtrica adoración una criatura a los derechos de Dios. Supone también el desprecio de la amistad divina, la renovación de la causa de la muerte de Cristo y la violación del cuerpo del cristiano como templo del Espíritu Santo. Con razón dice Santo Tomás que, teniendo en cuenta la distancia infinita entre el Creador y la criatura, el pecado encierra una maldad en cierto modo infinita 2.
b) CON RELACIÓN AL HOMBRE, supone un suicidio espiritual del alma, que queda privada de la gracia divina, raíz de la vida sobrenatural;pierde todos los méritos contraídos durante toda su vida y el derecho a la gloria eterna; queda envilecida ante Dios y su propia conciencia, y muchas veces también ante los hombres; incurre en el reato de pena eterna y en la más odiosa esclavitud de Satanás.
«No hay catástrofe ni calamidad pública o privada—hemos escrito en otra parte—que pueda compararse con la ruina que ocasiona en el alma un solo pecado mortal. Es la única desgracia que merece propiamente el nombre de tal, y es de tal magnitud, que no debería cometerse jamás, aunque con él se pudiera evitar una terrible guerra internacional que amenazase destruir a la humanidad entera, o liberar a todas las almas del purgatorio o del infierno. Sabido es que, según la doctrina católica—que no puede ser más lógica y razonable para todo el que, teniendo fe, tenga además sentido común—, el bien sobrenatural de un solo individuo está por encima y vale infinitamente más que el bien natural de la creación universal entera, ya que pertenece a un orden infinitamente superior: el de la gracia y la gloria. Así como sería una locura que un hombre se entregase a la muerte para salvar la vida a todas las hormigas del mundo—vale más un solo hombre que todas ellas juntas—, del mismo modo sería gran locura y ceguedad que un hombre sacrificase su bien eterno, sobrenatural, por salvar el bien temporal y meramente humano de la humanidad entera: no hay proporción alguna entre uno y otro. El hombre tiene obligación de conservar su vida sobrenatural a toda costa, aunque se hunda el mundo entero".
3. Condiciones que requiere. Para que haya pecado mortal se requieren necesariamente tres cosas: a) materia grave; b) plena advertencia por parte del entendimiento, y c) plena aceptación o consentimiento por parte de la voluntad. Vamos a estudiarlas por separado.
a) Materia grave
232. Es cierto que no todos los pecados son iguales. No sólo existe una desigualdad esencial entre el pecado mortal y el venial (cf. D 1020), sino incluso dentro de cada una de esas dos categorías hay infinidad de grados. La razón es porque caben distintos grados de desorden objetivo en las cosas malas y distintos grados de maldad subjetiva al cometerlas.
El pecado mortal requiere siempre materia grave (al menos subjetivamente apreciada como tal), en sí misma o en las circunstancias que rodeen al acto (v.gr., por razón del escándalo que puede causar). Los criterios objetivos para conocer la gravedad del pecado son los siguientes:
a) LA SAGRADA ESCRITURA, en la que se nos dice que ciertos pecados excluyen del reino de los cielos: e¿No sabéis que los injustos no poseerán el reino de Dios? No os engañéis: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los beodos, ni los maldicientes, ni los rapaces poseerán el reino de Dios* (I Cor. 6,9-Io). Hay otros muchos textos.
b) LA IGLESIA CATÓLICA, que puede dictaminar con su magisterio solemne u ordinario acerca de la licitud o ilicitud de una acción o de los distintos grados de gravedad de los pecados.
c) LA RAZÓN TEOLÓGICA, que puede ponderar las razones que se requieren para que una acción envuelva grave desorden contra Dios, o contra el prójimo, o contra nosotros mismos. La sentencia común entre los teólogos es de tal peso, que nadie podría apartarse de ella sin manifiesta temeridad.
En general se consideran pecados mortales:
a) Los que van directamente contra Dios o alguna de sus perfecciones (v.gr., la idolatría, la desesperación, la blasfemia, etc.).
b) Los que perjudican gravemente al prójimo en su salud, en su vida, en su fortuna o en su honra.
c) Los que suponen un grave desorden contra el fin intentado por la naturaleza (v.gr., la delectación impura fuera del legítimo matrimonio).
d) Los que se oponen gravemente a un fin importante pretendido por a ley (v.gr., la lectura de libros prohibidos por la Iglesia) y otros semejantes.
Teniendo en cuenta estos criterios objetivos, los teólogos suelen dividir los pecados mortales en dos categorías principales con relación a su gravedad :
a) Los QUE SIEMPRE SON MORTALES (ex toto genere suo). Son aquellos que no admiten parvedad de materia, de modo que todos los pecados de esta clase son siempre mortales cuando se realizan con perfecta advertencia y consentimiento. Tales son, v.gr., la idolatría, la herejía, la blasfemia, la impureza, etc. La razón es porque cualquier acto plenamente voluntario en torno a esas materias encierra siempre un grave desorden. No cabe en ellas el pecado venial por razón de la materia, aunque sí cabe por razón de la imperfección del acto (v.gr., si se realizó semidormido o sin suficiente advertencia o consentimiento).
b) Los QUE SON MORTALES, PERO NO SIEMPRE (ex genere suo) . Son aquellos que se refieren a materias que de suyo están gravemente prohibidas, pero admiten parvedad de materia, de suerte que, aunque se trate de una violación deliberada, si sólo hay materia leve, no pasan de pecado venial (v.gr., el hurto, que, aunque está de suyo gravemente prohibido, no constituye pecado mortal si se hurta una cosa o cantidad insignificante).
b) Advertencia perfecta
233. Por parte del entendimiento se requiere para el pecado mortal la advertencia plena a la grave malicia de la acción pecaminosa. Pero:
a) No se requiere la advertencia actual, sino que basta la virtual que se puso al principio de la acción y continúa influyendo durante toda ella.
b) Basta la advertencia plena a la causa que producirá tal efecto pecaminoso, aunque en el momento de producirse el efecto malo ya no se tenga advertencia alguna: el pecado se cometió al poner voluntariamente la causa. Y así, v.gr., pecan mortalmente (en la causa) los que blasfeman en virtud de un hábito voluntariamente contraído, aunque en el momento de pronunciar la blasfemia no se den cuenta de ello.
c) No basta la advertencia perfecta a la materialidad de la acción; es preciso advertir su relación con la moralidad; v.gr., el que se da perfecta cuenta de que está comiendo carne, pero no advierte que es día de vigilia, no peca contra la ley eclesiástica de la abstinencia (a no ser por negligencia culpable en averiguarlo si le asaltó alguna duda).
d) No se requiere advertencia clara y distinta a toda la malicia objetiva de la acción. Basta que se advierta plenamente que se trata de una accióngravemente prohibida, aunque se desconozca el grado de su maldad o se conozca tan sólo en confuso su malicia grave.
SIGNOS DE ADVERTENCIA IMPERFECTA. A veces es difícil averiguar con certeza si hubo o no la suficiente advertencia para constituir verdadero pecado mortal. Los moralistas suelen señalar las siguientes conjeturas de advertencia imperfecta, que no siempre son infalibles:
  1. Si se realizó la acción estando semidormido, o semiembriagado, o casi sin darse cuenta.
  2. Si se trató de un arrebato del todo imprevisto e impremeditado (v.gr., de ira inesperada).
  3. Si el pecador apenas recuerda lo que realizó o estima que jamás lo hubiera realizado si lo hubiera advertido seriamente antes de hacerlo.
c) Consentimiento perfecto
234. Además de la advertencia por parte del entendimiento, se requiere el consentimiento por parte de la voluntad; o sea que la voluntad realice o acepte el acto pecaminoso a pesar de advertir claramente que es malo e inmoral, ya sea por fría malicia o por simple debilidad y flaqueza, aunque vaya acompañada de cierto disgusto o displicencia de la ofensa de Dios aneja a aquella acción.
SIGNOS DE CONSENTIMIENTO IMPERFECTO. En caso de duda sobre si hubo o no verdadero consentimiento, pueden ayudar las siguientes conjeturas:
  1. Si se trata de una persona de conciencia timorata (con mayor razón si es escrupulosa), que no suele caer fácilmente en el pecado, la presunción de imperfecto consentimiento está a su favor; al revés de si se trata de una persona de conciencia ancha y estragada, que suele sucumbir fácilmente y sin gran resistencia ante las tentaciones. Porque apenas se concibe que el que tiene habitualmente el firme propósito de no pecar cambie de propósito sin advertirlo claramente; y si se trata, por el contrario, de una persona de conciencia ancha, apenas se concibe inquietud alguna sobre su consentimiento si no hubiera verdadero fundamento para creer en él.
  2. Si la tentación fué verdadera y pertinaz y se luchó rechazándola repetidas veces.
  3. Si se hubiese podido fácilmente cometer un pecado externo que, sin embargo, no se cometió.
  4. Cuando la advertencia es imperfecta, también lo es, por lo general, el consentimiento.
235. Escolios. 1º. ¿Peca gravemente el que delibera sobre cometer o no un grave pecado si, finalmente, decide no pecar?
Depende de la clase de deliberación en que se entretuvo imprudentemente. Si se trata de cierta vacilación procedente de falta de energía en rechazar en seguida la tentación, por simple torpeza, pereza o negligencia, ordinariamente no pasará de pecado venial. Pero, si se trata de una verdadera y formal deliberación sobre cometer o no la acción gravemente mala, se comete, sin duda alguna, pecado mortal, por la grave injuria que supone poner en una balanza a Dios y a una criatura para ver por cuál de los dos nos decidimos. El pecado cometido con esta injuriosa deliberación es de la misma especie y gravedad que el que se cometería si la acción se realizara de hecho.
236. 2º. ¿Peca el que después de la perfecta advertencia se comporta PASIVAMENTE con relación al consentimiento, o sea, ni consiente ni deja de consentir en el movimiento del apetito sensitivo?
Hay que distinguir. Si se trata de tentaciones o movimientos leves, se quitan mejor despreciándolos sin positiva resistencia, en cuyo caso ese mismo desprecio actúa como movimiento de repulsa. Pero, si se trata de graves movimientos de la sensualidad, que pueden fácilmente inclinar la voluntad al pecado, no es lícito permanecer en actitud pasiva o negativa. Hay que resistir positivamente, ya sea de una manera directa (v.gr.,orando, haciendo actos de amor de Dios, etc.) o al menos indirecta (v.gr., pensando en otras cosas, distrayéndose, etc.).
237. 4. Efectos del pecado mortal. He aquí los principales efectos que causa en el alma un solo pecado mortal voluntariamente cometido:
1º. Pérdida de la gracia santificante, de las virtudes infusas y de los dones del Espíritu Santo, que constituyen un tesoro verdaderamente divino,infinitamente superior a todas las riquezas materiales de la creación entera.
2º. Pérdida de la presencia amorosa de la Santísima Trinidad en el alma, que se convierte en morada y templo de Satanás.
3º. Pérdida de todos los méritos adquiridos en toda su vida pasada, por larga y santa que fuera.
4º. Feísima mancha en el alma (macula animae), que la deja tenebrosa y horrible a los ojos de Dios.
5º. Esclavitud de Satanás, aumento de las malas inclinaciones, remordimiento e inquietud de conciencia.
6º. Reato de pena eterna.
B) El pecado venial
238. 1. Noción. El pecado venial es una transgresión voluntaria de la ley de Dios en materia leve. No supone aversión de Dios, sino tan sólo una desviación en el recto camino que conduce a El.
El nombre viene de venia, aludiendo a la venia o perdón que fácilmente se concede a una pequeña falta.
239. 2. Naturaleza. Es una de las cuestiones más difíciles que se plantean en teología moral, y todavía no se ha dado una explicación definitiva que reúna los sufragios de todos los teólogos. Sin embargo, están todos de acuerdo en decir que el pecado venial difiere substancialmente del pecado mortal, en cuanto que le falta el elemento que constituye la quintaesencia y malicia del pecado mortal, que es, como ya hemos dicho, la voluntaria aversión a Dios, poniéndose de espaldas a El y abandonándole como fin último. El pecador que comete un pecado venial sabe muy bien que aquello desagrada a Dios, y por eso su acción es pecado; pero, al mismo tiempo, sabe también que aquello no le separa de Dios, puesto que es compatible con su amistad y gracia, y de ninguna manera lo cometería si supiera que le separaba de El. Las disposiciones del que comete un pecado venial son, pues, substancialmente distintas de las del pecador que se entrega al pecado mortal saltando por encima de su relación y amistad con Dios.
Un ejemplo aclarará estos conceptos. El que comete un pecado mortal es como el viajero que, caminando hacia un punto determinado, se pone de pronto completamente de espaldas él comienza a caminar en sentido contrario. El que comete un pecado venial, en cambio, se limita a hacer un rodeo o desviación del recto camino, pero sin perder la orientación fundamental hacia el punto adonde se encamina.
240. 3. División. Se distinguen tres clases de pecados veniales:
a) POR SU PROPIO GÉNERO son veniales aquellos pecados que envuelven tan sólo un pequeño desorden moral (v.gr., una mentira jocosa, una palabra ociosa, etc.).
b) POR PARVEDAD DE MATERIA son veniales aquellos pecados que, aunque de suyo están gravemente prohibidos, la insignificancia de la materia les hace tan sólo veniales (v.gr., el robo de una peseta).
c) POR LA IMPERFECCIÓN DEL ACTO pasan a veniales aquellos pecados cuya materia es grave, pero que se realizaron con insuficiente advertencia y consentimiento (v.gr., pensamientos impuros semiconsentidos).
241. 4. Efectos del pecado venial. Aunque es cierto que entre el pecado venial y el mortal media un abismo, no lo es menos que el pecado venial, en cuanto ofensa de Dios, es un mal incomparablemente superior a todas las desgracias y calamidades humanas que pueden afligir al hombre y aun al Universo entero. He aquí algunos de sus desastrosos efectos :
EN ESTA VIDA:
I.° Nos priva de muchas gracias actuales que el Espíritu Santo tenía vinculadas a nuestra perfecta fidelidad. Inmenso tesoro perdido.
2.° Disminuye el fervor de la caridad y hace que nuestra vida cristiana transcurra en la vulgaridad más insubstancial.
3º. Aumenta las dificultades para la práctica de la virtud, que cada vez se nos presenta más difícil y cuesta arriba.
4º. Predispone al pecado mortal, que vendrá, sin duda, muy pronto si no se reacciona enérgicamente.
EN LA OTRA VIDA:
I.° Da origen a un largo y espantoso purgatorio, que se hubiera podido evitar con un poco más de delicadeza en el servicio de Dios.
2º. Impide un mayor aumento de gloria en el cielo para toda la eternidad. Pérdida inmensa e irreparable.
3º. El grado de gloria que Dios obtendrá de nosotros será inferior al que hubiera obtenido sin aquellos pecados veniales. Si los bienaventurados fueran capaces de sufrir, esta consideración les haría morir de dolor.
242. 5. Tránsito del venial al mortal y viceversa. El pecado venial, objetivamente considerado, puede hacerse subjetivamente mortal de los siguientes modos:
1.° POR CONCIENCIA ERRÓNEA O SERIAMENTE DUDOSA ACERCA DE LA MALICIA GRAVE DE UNA ACCIÓN. Y así, v.gr., si uno cree que cualquier pequeña mentira en el tribunal de la penitencia (incluso las que no pertenecen a la integridad de la confesión, como la edad del penitente) es pecado grave, peca mortalmente si la dice y profana sacrílegamente el sacramento.
2.° POR EL FIN GRAVEMENTE MALO, como el que injuria levemente al prójimo con el fin de hacerle pronunciar una blasfemia.
3º. POR ACUMULACIÓN DE MATERIA en los pecados que la admitan; v.gr., el que comete varios hurtos pequeños hasta llegar a materia grave peca mortalmente en el que alcanza la cantidad grave (y ya en el primero si tenía intención de llegar a la cantidad grave).
4.° POR DESPRECIO FORMAL de una ley que obliga sólo levemente (por la grave injuria al legislador).
5º. POR EL PELIGRO PRÓXIMO DE CAER EN EL MORTAL Si incurre en el venial (v.gr., el que por simple curiosidad acude a un espectáculo sospechando seriamente que será para él ocasión de pecado grave).
6.° POR RAZÓN DEL ESCÁNDALO GRAVE que ocasionará verosímilmente (v.gr., el sacerdote que por simple curiosidad entrara en plena fiesta en una sala de baile de mala fama).
A su vez, un pecado mortal por su propio objeto o materia puede hacerse simplemente venial por los siguientes capítulos:
a) POR CONCIENCIA ERRÓNEA, con tal que sea invencible o inculpable.
b) POR IMPERFECCIÓN DEL ACTO, O sea por falta de la suficiente advertencia o consentimiento.
c) POR PARVEDAD DE LA MATERIA en los pecados que la admitan.

ARTICULO III 
Distinción específica de los pecados
243I. Importancia de la cuestión. Es del todo indispensable el conocimiento de la distinción específica de los pecados:
a) POR EL PRECEPTO DIVINO DE CONFESAR LOS PECADOS GRAVES EN SU ESPECIE ÍNFIMA. Lo ha definido expresamente el concilio de Trento con las siguientes palabras:
«Si alguno dijere que para la remisión de los pecados en el sacramento de la Penitencia no es necesario de derecho divino confesar todos y cada uno de los pecados mortales de que con debida y diligente premeditación se tenga memoria, aun los ocultos y los que son contra los dos últimos mandamientos del decálogo, y las circunstancias que cambian la especie del pecado..., sea anatema" (D 917).
La misma doctrina enseña y manda el Código canónico (cn.9o1).
b) POR LA NATURALEZA MISMA DE LAS COSAS, ya que sin este conocimiento sería imposible el estudio científico de la teología moral y la recta formación de la propia conciencia cristiana.
244. 2. Principios de distinción. Suelen señalarse tres, aunque en realidad pueden reducirse a uno solo:
1º. La distinción específica de los pecados se toma de los distintos objetos formales a que se refieren.
Es el principio propuesto por el Doctor Angélico, que resume y encierra a los demás. La razón es porque los actos se especifican por su objeto; luego el objeto moral desordenado es el que especifica a los pecados. El objeto moral desordenado, en el sentido en que lo tomamos aquí, incluye también las circunstancias que redundan en la esencia moral.
Tres pecados comete el que mata a un sacerdote en la iglesia: homicidio, sacrilegio personal (sacerdote) y sacrilegio local (en la iglesia).
2.° Se toma también por oposición a las distintas virtudes, o a la misma virtud, pero de distinto modo.
Por oposición a cuatro virtudes distintas comete cuatro pecados diversos el que, teniendo voto de castidad, peca con una consanguínea casada: contra la castidad, la religión (voto), la piedad (pariente) y la justicia (casada).
A la esperanza se oponen dos pecados contrarios: uno por exceso, la presunción, y otro por defecto, la desesperación.
3º. Se toma, finalmente, por oposición a preceptos formalmente distintos.
Comete tres pecados distintos el que quebranta un ayuno que le obligaba por precepto de la Iglesia, por penitencia sacramental y por voto especial de ayunar ese día. Son tres preceptos distintos.
Pero comete un solo pecado el que no oye misa el día de la Asunción que cayó en domingo. Porque el precepto de oír misa ese día se refunde con el dominical y no forman más que uno.

ARTICULO IV 
Distinción numérica de los pecados
245. 1. Sentido. Es evidente que dos pecados específicamente distintos entre sí (v.gr., el robo y la calumia) se distinguen también numérimente (son dos pecados específica y numéricamente). Pero ahora tratamos de averiguar cómo se multiplican los pecados dentro de una misma especie,o sea cuántos pecados comete el que realiza una misma acción varias veces. La razón de preguntarlo es porque puede haber varios actos moralmente unidos entre sí o un solo acto que tienda a varios objetos a la vez.
236. 2. Principios fundamentales. Son los siguientes:
1.° Se cometen tantos pecados numéricamente distintos cuantos sean los objetos totales moralmente diversos, aunque se realicen bajo un mismo impulso de la voluntad e incluso con un solo acto externo.
Y así, v.gr., comete dos pecados distintos el que se produce dos poluciones distintas o fornica dos veces distintas, aunque sean seguidas y sin interrupción alguna. Porque cada uno de esos actos constituye un pecado total y completo en su género.
El que con una sola explosión mata a diez personas comete diez homicidios distintos (si los previó de algún modo, al menos en forma confusa); el que con una sola acción escandaliza a diez personas comete diez pecados de escándalo, etc. La razón es porque cada una de esas personas muertas o escandalizadas no es una parte de las otras, sino que forma por sí sola un objeto total, distinto e independiente de los demás.
Comete un solo pecado el que, intentando matar a su enemigo, compra el arma, busca la ocasión y le golpea o hiere repetidas veces hasta matarle. Lo mismo que el que toca deshonestamente a una mujer como preparación para fornicar con ella; pero si al principio sólo se proponía aquellos tocamientos y luego se decidió a fornicar, comete dos pecados distintos, y no sería suficiente acusarse en la confesión del segundo sin el primero.
2.° Se cometen tantos pecados cuantos sean los actos de la voluntad moralmente interrumpidos.
La interrupción puede sobrevenir de tres maneras:
1ª POR REVOCACIÓN DE LA VOLUNTAD. Y así, por ejemplo, el que se entretiene voluntariamente en pensamientos lascivos, los rechaza y vuelve a tenerlos al cabo de un rato, incurre en dos pecados distintos por la interrupción voluntaria entre los dos.
2ª. POR VOLUNTARIA CESACIÓN DEL ACTO. Equivale al caso anterior, ya que en toda cesación voluntaria hay una revocación implícita.
3ª. POR INTERPOLACIÓN INVOLUNTARIA DE UN NOTABLE ESPACIO DE TIEMPO. Pero en este caso hay que establecer algunas distinciones. Y así:
a) Si se trata de actos meramente internos (v.gr., pensamientos obscenos sin deseo de llevarlos a la práctica), se comete un nuevo pecado cada vez que se produzca una interrupción física, a no ser que sea brevísima (v.gr., un simple saludo, unas pocas palabras). La razón es porque esos actos meramente internos son completos en sí mismos, ya que no se ordenan a un acto exterior con el que pudieran unirse para formar moralmente uno solo.
b) Los actos mixtos, o sea, los malos deseos, se interrumpen cuando se cambia de propósito, no antes. Y así, v.gr., el que intenta cometer un crimen continúa en el mismo pecado mientras compra el arma, busca la ocasión, etc. Pero cometería dos pecados si se arrepintiera de su mal propósito y volviera después a renovarlo.
c) Los actos externos, o acompañados de una acción externa, se multiplican según el número de las acciones externas, acabadas o independientes.

ARTICULO V Causas del pecado
Prescindiendo de la causa material, u objeto del pecado; de su causa formal, o aversión a Dios y conversión a la criatura, y de su causa final, que es el placer que proporciona y, en última instancia, la propia felicidad desordenadamente buscada, vamos a estudiar aquí la causa eficiente o productora del pecado.
Santo Tomás dedica a este asunto diez cuestiones divididas en cuarenta y cinco artículos (I-II,75-84). Nosotros vamos a recoger aquí, muy brevemente, los principios más importantes y fundamentales, por no permitir otra cosa la índole y extensión de nuestra obra.
El Doctor Angélico distingue las causas internas y las externas del pecado. Vamos a seguir este mismo orden.
A) Causas internas del pecado
247. El pecado tiene cuatro causas internas. Dos próximas e inmediatas: el entendimiento y la voluntad; y otras dos remotas y mediatas: el apetito sensitivo, concupiscible e irascible, cuando el pecado se refiere a un bien sensible.
a) POR PARTE DEL ENTENDIMIENTO, la causa del pecado es la ignorancia, o más propiamente el error en el último juicio práctico. En virtud de este fallo intelectual, el entendimiento juzga erróneamente que el acto ilícito o pecaminoso representa hic et nunc (aquí y ahora) un bien conveniente para el hombre o para su apetito sensitivo. Sin esta ignorancia o error intelectual, el pecado sería psicológicamente imposible, como ocurre con los bienaventurados en el cielo.
b) POR PARTE DE LA VOLUNTAD, la causa del pecado es la ceguera con que sigue las sugestiones del entendimiento equivocado o la malicia con que ella misma prefiere el bien sensible y corporal que el pecado le propone al bien espiritual que le dicta la virtud.
c) POR PARTE DEL APETITO CONCUPISCIBLE incitan al pecado las pasiones que en él residen, a saber: amor, odio, deseo, aversión o fuga,gozo y tristeza o dolor. Cuando recaen sobre objetos ilícitos, ofuscan al entendimiento y seducen a la voluntad para que adviertan y acepten el bien sensible que les propone a costa de su claudicación moral.
d) POR PARTE DEL APETITO IRASCIBLE son responsables del pecado sus correspondientes pasiones: esperanza, desesperación, audacia, temor e ira, que pueden desmandarse fácilmente por los caminos del mal y arrastrar en su ruina al entendimiento y la voluntad, en cuyos actos (advertencia y consentimiento) consiste formalmente el pecado.
248. Escolio. El egoísmo, causa universal interna del pecado. En realidad, la causa universal interna de todo pecado es el egoísmo, o amor desordenado de sí mismo. Porque amar a alguien es desearle algún bien; pero por el pecado se desea uno a sí mismo, desordenadamente, un bien sensible incompatible con el bien racional; luego el pecado procede siempre del egoísmo, o amor desordenado de sí mismo.
El egoísmo se ramifica en las tres concupiscencias de que nos habla el apóstol San Juan (1 Io. 2,16). Porque el bien sensible que el hombre puede apetecer desordenadamente es triple: el relativo a la conservación del individuo y de la especie, que constituye la concupiscencia de la carne; el que recae sobre las cosas exteriores deleitables, tales como las riquezas, esplendor, lujo, etc., que da origen a la concupiscencia de los ojos; y el que resulta de la propia excelencia desordenadamente buscada, que es lo propio de la soberbia de la vida.
B) Causas externas
Causas externas del pecado son aquellas que mueven o excitan a las internas para que se lancen al pecado. A la voluntad nadie puede moverla inmediatamente, a excepción de Dios, que sólo la mueve al bien, jamás al mal. Al entendimiento pueden moverle indirectamente el hombre y el demonio, sugiriéndole el pecado. Al apetito sensitivo le mueven los objetos exteriores, ya sea con su presencia real o, al menos, aprehendida con la imaginación.
Vamos a examinar por separado cada una de estas causas.
a) La permisión divina
249. Es un hecho que nada absolutamente ocurre en la creación entera sin la voluntad permisión divina. No se mueve una hoja de un árbol ni cae un solo cabello de nuestra cabeza sin que Dios lo quiera o lo permita (cf. Mt. Io,3o). El pecado sería imposible sin la permisión de Dios.
Pero nótese que una cosa es permitir el pecado y otra muy distinta causarlo. Dios no es causa directa ni indirecta del pecado, que, en cuanto tal, procede exclusivamente de la maldad o debilidad humana, azuzada por el demonio, las propias pasiones o los halagos del mundo. Pero Diospermite el pecado para sacar mayores bienes, ya sea para el propio pecador (mayor humildad o generosidad en el divino servicio después del arrepentimiento, etc.), ya para la manifestación de sus divinos atributos (misericordia, justicia, etc.). Sin la permisión del pecado original—causa remota de todos los desastres de la humanidad—no se hubiera realizado la encarnación del Verbo y redención del mundo por Jesucristo, que nos ha traído bienes incomparables, muy superiores a los perdidos por el pecado, hasta el punto de exclamar la misma Iglesia en su liturgia: «iOh dichosa culpa, que nos ha traído tan grande Redentor!»
b) La tentación diabólica
250. 1. El hecho y los modos. El oficio propio del demonio es tentar o atraer a los hombres al mal. Sin embargo, no todos los pecados que el hombre comete proceden de una previa sugerencia diabólica. El apóstol Santiago dice expresamente que «cada uno es tentado por sus propias concupiscencias, que le atraen y seducen» (Iac. 1,14). Pero es un hecho que el demonio se encarga muchas veces de incitarnos al mal. No directamente, ya que el demonio no puede actuar de una manera inmediata sobre nuestro entendimiento y voluntad, que son las potencias propiamente productoras del pecado; pero sí indirectamente, y esto de dos modos distintos:
  1. A modo de persuasión interna, o sea, instigando los sentidos internos, principalmente la imaginación y el apetito sensitivo, concupiscible o irascible, para entenebrecer el entendimiento y seducir la voluntad.
  2. Proponiendo externamente el objeto halagador de las pasiones o incluso apareciéndose en forma corporal permitiéndolo Dios (cf. 2 Cor. 11, 14; 1 Petr. 5,8).
De cualquier forma que el demonio nos asalte, siempre y en todo caso podemos superarle con la gracia de Dios. San Pablo dice expresamente que «fiel es Dios y no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas ; antes dispondrá con la tentación el éxito para que podáis resistirla» (1 Cor. 10,13). No es pecado sentir la tentación, sino únicamente consentirla, o sea aceptarla y complacerse voluntariamente en ella. Esto es del todo cierto y seguro, por la expresa declaración del concilio de Trento (D 792) y la condenación de varias proposiciones de Bayo en sentido contrario (D 1050, 1051, 1075).
251. 2. Proceso de la tentación. Para no confundir la tentación con el pecado y gobernarse rectamente en la práctica, es preciso tener en cuenta que en el proceso de la tentación pueden distinguirse tres momentos principales 4.
1º. Sugestión, o sea, mera representación o idea del mal, aparecida en la imaginación o en el entendimiento. En esta primera representación —por muy mala, pertinaz y duradera que sea—no hay todavía pecado, puesto que la voluntad no ha intervenido todavía para nada.
Ya se comprende, sin embargo, que la voluntad debe actuar rechazando esa sugestión tan pronto advierta el entendimiento que es mala y rechazable. Si la voluntad se mostrara indiferente ante ella, podría incurrir en un verdadero pecado, como hemos explicado al hablar del consentimiento. Pero la simple mala sugestión o representación de suyo nunca es pecado antes de la intervención de la voluntad.
2º. Delectación o complacencia indeliberada. Es muy frecuente que de la simple sugestión o representación mala—sobre todo si es viva, interna y prolongada—se origine connaturalmente cierta complacencia o delectación, e incluso una impresión orgánica agradable o conmoción sensible natural y espontánea. Tampoco en esto consiste todavía el pecado mientras no intervenga la deliberación de la razón y el consentimiento de la voluntad, porque ese movimiento sensible, natural y espontáneo, no es deliberado ni libre.
3º. Libre consentimiento de la voluntad. Después que el entendimiento percibe la mala sugestión y la delectación sensible que ha despertado en el apetito juntamente con su malicia, si la voluntad rechaza en seguida ambas cosas, no hay pecado todavía; porque el pecado no está en sólo el entendimiento ni en la espontánea inclinación del apetito sensitivo, sino en la voluntad libre que se adhiere al mal. El pecado se inicia cuando el entendimiento advierte la maldad de la sugestión, pero sólo se realiza o consuma cuando la libertad da su libre aceptación o consentimiento, o sea, cuando admite, aprueba o retiene con complacencia aquella mala sugestión.
2523. Modo de vencer las tentaciones. En la lucha y estrategia contra las tentaciones podemos distinguir tres momentos:
  1. ANTES DE LA TENTACIÓN el alma debe vigilar y orar (Mt. 26,41) para no dejarse sorprender por el enemigo. Debe huir de las ocasiones de pecado y evitar la ociosidad, que es la madre de todos los vicios. Y debe depositar su confianza en Dios, en la Virgen María y en su ángel de la guarda, que pueden mucho más que el demonio tentador.
  2. DURANTE LA TENTACIÓN ha de resistirla con energía apenas se produzca, o sea, cuando todavía es débil y fácil de vencer, ya seadirectamente, haciendo lo contrario de lo que la tentación propone (v.gr., alabar a una persona en vez de criticarla); ya indirectamente (v.gr.,distrayéndose, pensando en otra cosa que absorba la mente). Este segundo procedimiento es el más eficaz tratándose de tentaciones contra la fe o la pureza.
  3. DESPUÉS DE LA TENTACIÓN ha de dar humildemente las gracias a Dios si salió victoriosa; arrepentirse en el acto, si tuvo la desventura de sucumbir, y aprovechar la lección para sucesivas ocasiones.
En caso de duda, sobre si se consintió o no, debe hacerse un acto de contrición, por si acaso, y acusarse en la confesión de esa falta comodudosa.
c) La intervención humana
253Los hombres que nos rodean pueden ser causas indirectas del pecado incitándonos al mal mediante sus escándalos, malos consejos y depravados ejemplos; y también cooperando al pecado propio, ya sea de una manera positiva (mandando, aconsejando, consintiendo, alabando, patrocinando o participando en nuestro pecado), ya negativa (no avisando, no impidiendo, no denunciando el crimen). Volveremos sobre esto al hablar del pecado de escándalo y de la cooperación al mal.
d) Las cosas exteriores
254Pueden ser también causas impulsoras del pecado Guando, combinadas principalmente por la malicia de los hombres, se presentan en forma provocativa para la imaginación y el apetito sensitivo. Tales son los espectáculos inmorales, las fotografias o cuadros *artísticos» (eufemismo con que se disfraza muchas veces la procacidad más desvergonzada) y, en general, todo aquello que es de suyo apto para excitar el apetito desordenado del hombre y empujarle hacia el pecado.

ARTICULO VI
El peligro de pecado
No se peca solamente cuando se realiza de hecho alguna acción pecaminosa, sino también cuando se pone uno voluntariamente y sin causa justificada en peligro próximo de pecar. Vamos a explicar este punto importantísimo.
255. 1. Noción y división. En general se entiende por peligro la inminente contingencia de algún mal. De donde el peligro de pecado puede definirse en abstracto la inminente contingencia de ofender a Dios; en concreto, todo aquello que nos mueve al pecado.
El peligro de pecado puede ser:
256. 2. Principios fundamentales. Teniendo en cuenta las anteriores divisiones, he aquí los principios morales a que hay que atenerse:
1º No es lícito exponerse voluntariamente y sin causa justificada a peligro próximo de pecar.
La razón es clara. El que obra de esa forma incurre en loca temeridad y muestra claramente la poca importancia que le concede a la probable ofensa de Dios. Lo cual es ya injurioso a Dios y, por lo mismo, verdadero pecado. El pecado será grave o leve, según se trate de peligro de pecar gravemente o sólo levemente.
2.° Con justa y proporcionada causa es lícito exponerse a peligro próximo de pecar, tomando las cautelas  necesarias para evitar el pecado.
Nótese que se requieren indispensablemente esas dos condiciones: causa justa y proporcionada y empleo de las debidas cautelas para evitar el pecado a pesar del peligro.
a) CAUSA JUSTA PROPORCIONADA la hay cuando lo exige la necesidad, o una gran conveniencia, o para impedir daños mayores. Y así, v.gr., el médico puede reconocer o tocar a una enferma aunque represente un peligro para él, con tal de no buscar el pecado y rechazar los movimientos desordenados que se presenten; el confesor puede oír confesiones escabrosas; la mujer casada puede acompañar a su marido a un espectáculo inconveniente para evitar un gran disgusto, malos tratos, etc., con tal que no sea intrínsecamente malo, como sería, v.gr., una representación blasfema, anticatólica o muy indecente.
Sin embargo, cuando el peligro de pecar formalmente es de tal manera grave y próximo que se prevé con certeza moral que no podrá evitarse el pecado, no es lícito exponerse a él bajo ningún pretexto, ni siquiera para conservar la propia vida, ya que no hay razón alguna que pueda prevalecer contra la salud del alma.
b) LAS CAUTELAS principales para evitar el pecado en medio del peligro son: la oración ferviente, el propósito firme de no ceder a la tentación, la vigilancia activa para no dejarse sorprender, etc.
3º. No es obligatorio evitar todo peligro próximo de pecar levemente o todo peligro remoto de pecar gravemente.

La razón es porque, de lo contrario, la vida humana resultaría imposible. Sería menester »salir de este mundo», como dice el apóstol San Pablo (I Cor. 5,IO), ya que por todas partes se encuentran peligros próximos de pecar levemente o remotos de pecar gravemente. Basta evitar aquellos peligros que se prevean con naturalidad y sin esfuerzo y no exponerse voluntariamente a las ocasiones innecesarias que podrían producirlos.